Ateneo de Córdoba. Calle Rodríguez Sánchez, número 7 (Hermandades del Trabajo).

PRÓXIMOS ACTOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA
Desde las 18:00 horas del lunes 2 de noviembre ha comenzado a emitir el Canal del Ateneo de Córdoba en Youtube

CAC36 CANAL ATENEO DE CÓRDOBA.
Desde aquí haremos llegar las actividades que se realicen en el Ateneo
así como los actos, representaciones teatrales, recitales de poesía y conferencias de nuestra hemeroteca.
El canal está disponible en este enlace

Actividades ya disponibles en el canal:
Presentación del Canal por parte de Antonio Varo Baena, Presidente del Ateneo de Córdoba
"Foro Jaime Loring de debate y conocimiento”, conferencia del ateneísta Rafael Jiménez, “AREAS DE MONTAÑA Y DESPOBLACIÓN”.
Lectura poética del ateneísta Antonio Flores Herrera.
Entrevista realizada a la ateneísta de honor Carmen Galán Soldevilla
Recital de poesía: Participan Balbina Prior, Ángela Mallén, y Joanna Mojón.
"Los Miércoles del Ateneo": Entrevista de Elena Cobos a la poeta y ateneísta Pilar Sanabria
"La visita", obra de teatro de Antonio Varo Baena
Entrega de las Fiambreras de Plata 2017
"Entrega de la Medalla de Oro de Córdoba a Pablo García Baena (1986)"
Entrevista a Antonio Perea, fundador y Presidente de honor del Ateneo de Córdoba
Paco del Cid canta una canción de Carlos Cano

CONVOCADOS LOS PREMIOS LITERARIOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA
VIII Premio de Relato Rafael Mir.
XXXVI Premio de Poesía Juan Bernier.

Fallo de las Fiambreras de Plata 2019, relación de homenajeados aquí.

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Aceite de Zanahorias

De Ateneo de Córdoba
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Nunca lo habíamos hecho antes. Aquella tarde quisimos desempolvar los asientos de las olvidadas bicis que en tantos momentos nos acompañaron, hace ya muchos años. Clara, mi amiga desde mi más tierna infancia y yo, entramos en el oscuro desván de la vieja casa donde mis padres vivieron hasta el día de su muerte; en un rincón enterradas dos bicicletas esperaban a ser montadas una vez más.

Recuerdo el chirriar de las cadenas al pedalear pidiendo a gritos unas gotas de aceite, el manillar y los radios de las ruedas oxidados, el tacto áspero del sillín, negro, inundado de polvo. Si cierro los ojos aún escucho el sonido sordo y seco del timbre olvidado y en el aire se mezcla el aroma a fresca hierba buena, recién regada, a tierra húmeda, a ignorante adolescencia, a ansias por descubrir, a espinillas de pubertad, a sexo. Paseábamos en nuestras bicicletas entre bromas y risas, cuando tras unos matorrales, escondida entre juncos descubrimos algo. No pude llegar a pensar hasta que punto aquella situación marcaría mi vida.

Frente a nosotras, una mujer sobre una toalla roja tomaba el sol, estaba desnuda, joven de unos treinta años de edad, su cuerpo bronceado brillaba. Sentí excitarme, pero no dije nada a Clara. Me pareció como hecha de nata fundida con sabor a chocolate, me imaginé rozando con la yema de mis dedos, casi sin llegar a rozarla, su piel caliente. Inconscientemente humedecí mis labios, cuando de pronto noté como miles de hormigas mordían la boca de mi estómago.

Entornando mis ojos me dejé llevar, recorrí sus hombros, lisos, relucientes. El viento me traía un sutil olor a crema de coco. Sus brazos, largos, terminados en unos delgados dedos, sobre la que la chica descansaba. Nunca supe si era consciente de nuestras miradas.

Me fijé detenidamente en sus senos firmes, los imaginé duros; sus pezones oscuros sobresalían notablemente del contorno delgado de su cuerpo, erguidos provocaban al sol, ungidos en aceite de zanahoria. Quise acurrucarme entre ellos sin pensar en el tiempo, abrazarlos con mis manos, atraparlos en un suave mordisco, soltarlos, volver a atraparlos.

Galopando en mi fantasía me senté en el hueso de sus caderas y descansé, pensé desmayarme. Sentí cómo mi corazón se desbocaba, había perdido las riendas de mi razón, casi noté como salía de mi pecho. Congelada mi mente hervía la libido de mis sientes, deseé hundirme en el hueco de su ombligo, habitar, alimentarme de sus jugos, dormir, juguetear con mi lengua hasta no poder más, bajar hasta su sexo y morir.

Comencé a sentir húmedas las palmas de mis manos, mi frente sudorosa, mi respiración cada vez mas entrecortada, resbalé por sus muslos, en sus rodillas me detuve, retomé oxigeno y cuando lamía el aceite de zanahorias de sus pies, abrí los ojos.

-Vamos Mara, tenemos que engrasar las bicis- dijo Clara.

Ahora, después de haber pasado más de veinte años, aún lo recuerdo con nostalgia. Algunos años mas tarde, casi por casualidad, conocí a Carmen, mi mayor confidente, mi amiga, mi amante, mi eterna compañera, mi actual pareja, juntas decidimos envejecer unidas. La verdad es que nunca salí a buscarla, pero ya hace tiempo comencé a sentirla cerca, siempre estuvo ahí, cosida a mi, aún sin rostro definido y ya comenzaba a escudriñar mis carencias para saciarlas. Paciente, supo absorber mi ansiedad en los momentos más difíciles, apagó la llama donde ardían vivas mis desesperanzas, zarandeó mi vida entrando en el mundo de mis propios sueños.

Serena llegó a mostrarme la falsedad de mis miedos y destruyó los ridículos fantasmas que insensibles arañaban mis heridas aún abiertas. Un día cogida de mi mano me invitó a seguir llenando así mis huecos más vanos, con dulzura los más amargos. Con delicadeza sanó las llagas de mis uñas resquebrajadas, por intentar arrancar memorias perpetuas de las paredes hundidas de mi templo deshabitado. Permaneció en mis tardes de calima, en la caricias ausentes, en las palabras omisas, en los besos evitados. Silenciando mis lamentos, mitigando mi fatiga, y consolando mi llanto amuebló mis sienes y se instaló. Ella supo despertar mi piel dormida mientras saciaba mi gélida y extenuada carne sedienta, resucitó el oxigeno que imaginaba muerto. Sus gestos entregados, su mirar templado, sus manos siempre dispuestas avivaron la persona, reconstruyeron la mujer que dormida hibernaba en mi.

Jamás supe de aquella mujer que despertó mis pasiones cuando aún yo era una niña, pero con el paso de los años y la experiencia que da la vida, aprendí que el amor no entiende de nacionalidad, ni de colores, ni tampoco entiende de sexos. Es ahora cuando desde un diván en mi dormitorio, tranquila, contemplo mi vida bendiciendo cada unos de los momentos que comparto con Carmen. Hace tan sólo unos días, el cielo nos dio un hijo que sella nuestra unión. Hoy nuestro hijo tiene dos madres que lo adoran.